En lo profundo del Cañón del Chicamocha

Relato descriptivo del recorrido de la excursión al Cañón del Chicamocha organizada por el grupo Caminatas al Aire Libre.

Por: Andrés Macías

Bajar a Jordán siempre me recuerda el fragmento inicial de la famosa novela de Juan Rulfo  “Pedro Páramo” El narrador y protagonista, hijo de Pedro Páramo, camina hacia Comala, en busca de su padre. El narrador, relatando en primera persona, sostiene una conversación con un hombre que se ha encontrado en el camino:

“Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo. -Hace calor aquí -dije. -Sí, y esto no es nada me contestó el otro-. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.”

Se trata de una descripción literaria. Sería una exageración comparar el calor de Jordán con el descrito en Comala. Sin embargo, en los días calurosos, descendiendo desde Aratoca, y a medida que se adentra uno en el cañón, se pueden sentir las ráfagas de viento caliente, la quietud de los cactus y demás vegetación espinosa que invade los caminos, el sopor del medio día. Cuando bajo a Jordán pienso en Comala. No solo por el calor; también por sus calles empedradas y sin gente, por sus casas abandonadas carcomidas por la vegetación y la inclemencia del sol, por los muros montañosos que se alzan a lado y lado del pueblo.

El primer día de la excursión al Cañón del Chicamocha bajamos a Jordán – ubicado a una altura de 400 metros sobre el nivel del mar (m.s.n.m) –  desde el municipio de Aratoca (1.800 m.s.n.m.). Después de un buen desayuno, en el que no puede faltar la afamada arepa santandereana, iniciamos el recorrido desde el parque principal de Aratoca. Son quince kilómetros, todos en descenso. Desde el comienzo se alza imponente, a la derecha del camino, “El Picacho”, una puntiaguda formación montañosa que le hace honor a su nombre. A ambos lados del camino van apareciendo árboles frutales, principalmente de mandarina, de los cuales nos aprovisionamos, no sin sentir algo de miedo ante la posibilidad de algún reclamo de alguien del lugar. También se ve café en la parte alta y tabaco más abajo.

Bajamos y bajamos por una carretera primero con placa-huella y después destapada, de recebo amarillo y sediento. El panorama se va abriendo y logramos ver los primeros paisajes del cañón: muros inexpugnables que se alzan a lado y lado de un río que todavía no se ve pero que ya podemos empezar a imaginarnos. El día va avanzando; no solo se siente más calor porque se baja más al fondo del cañón, también porque el sol se alza más alto y más intenso. Es raro que haya nubes, aún más que estén tan cargadas como para eclipsar el sol. Casi siempre que voy al Chicamocha los días son despejados. Casi nunca llueve.

Río arriba sí llueve y el río se alimenta. Cuando se está llegando a la parte más baja, atravesando caminos llenos de vegetación espinosa y pequeñas piedras sueltas, se escucha el poder del río. Primero se escucha y después se ve. Cuando por fin vemos la corriente, ya nos hemos acostumbrado al sonido, pero no por esto la vista es menos impresionante. El río, llamado Chicamocha (igual que el Cañón), se abre paso con su agitado cauce por entre las montañas. Sus aguas reflejan la luz del mediodía dotando al panorama de esplendor. En los días calurosos este es el tramo más arduo. Son tres kilómetros hasta Jordán por una carretera que bordea el río, abierta, con poquísimos árboles que den sombra y, para hacerlo peor, se transita por allí a la hora en la que el sol es más intenso. El agua escasea y el sudor copioso la hace cada vez más necesaria. Hay que llegar pronto a Jordán, pero no se puede ir tan rápido, pues el calor puede hacer estragos en el afanado.

Al fin logramos divisar Jordán; una ancha calle empedrada y casas abandonadas a ambos lados del camino dan inicio al casco urbano. Pronto llegamos a nuestro destino: La Posada del Caminante, preciosa casa colonial adaptada para brindar hospedaje y comida a los escasos viajeros que visitan este municipio. La posada no podría tener un nombre más apropiado, hecha para nosotros, caminantes cansados deseosos de sombra, bebida y comida. Allí Isabela, la dueña del lugar, mujer cálida y servicial, nos brinda el almuerzo y la cena de ese día y el desayuno del siguiente.

Jordán está cercado por el esplendor de las montañas. Erigido en una de las orillas del río Chicamocha, es testigo del paso tumultuoso de sus aguas. Sus calles se ven solas a cualquier hora, pareciera que nadie lo habitara. En sus cuatro cuadras de largo por dos de ancho hay dos iglesias (una de ellas abandonada), un parque infantil en el que nunca he visto niños jugando, un centro de salud sin terminar de construir, una ambulancia parqueada en un potrero, la mitad de las casas abandonadas hace muchos años y la otra mitad sin claros indicios de tener gente dentro. El censo dice que en el casco urbano de Jordán viven alrededor de cincuenta personas, por el silencio da la impresión de que fueran menos.

Después de un merecido descanso es necesario levantarse antes de que amanezca. Hay que aprovechar el día y tratar de salir de las profundidades del cañón lo más temprano posible. Mientras tomamos el desayuno amanece en Jordán. Cuando hay neblina, ésta se sube a toda prisa y cubre parte de las montañas circundantes, ofreciendo un espectáculo sobrecogedor. El sol empieza a adueñarse del cielo, hay que empezar a caminar.

Comienza la segunda jornada. En total son quince kilómetros. Los primeros ocho son los más difíciles, se ascienden casi mil metros de desnivel positivo por un camino estrecho y empinado. El destino de este primer tramo es la finca Rancho Alegre, lugar en el que almorzaremos. Con el sol a cuestas desde que salimos, y sin poder evitar la nostalgia, vamos dejando atrás Jordán. A medida que vamos subiendo, el paisaje se va haciendo cada vez más sublime. El contraste entre las montañas y sus sombras proyectadas dan la impresión de estar viendo perspectivas imposibles. El río siempre está a la vista, pero va perdiendo la autoridad de la que podía hacer alarde abajo; en la parte más alta apenas se percibe el movimiento de sus aguas, el cañón lo ha engullido y de él apenas queda un fino hilo serpenteando por entre la monstruosa cadena montañosa.

La subida es difícil, el cuerpo no economiza sudor y se siente el peso de la mochila en la espalda. Las piernas trabajan duro y, al igual que durante la jornada anterior, llegando al destino el agua escasea. Siempre la empatía y el compañerismo aparecen en este duro tramo; los más fuertes ayudan a los rezagados con el peso de las maletas, se comparte agua a los que ya no tienen. Y lo más importante: surgen las muestras de apoyo moral hacia los que no van tan bien, acompañadas, casi siempre, de la necesaria, inocente y piadosa mentirilla de los guías: ya casi llegamos, estamos cerca.

Llegamos a Rancho Alegre, remanso de paz y lugar desde donde se puede disfrutar de la vista de los paisajes más espléndidos del Cañón. Desde el mirador de la finca se aprecia El Picacho, La Meseta de San pedro (punto de referencia también visto en la primera jornada), se ve también Jordán, y parte del camino por el que hemos ascendido. Parece imposible que hayamos subido por allí, dicen los que ven el casi imperceptible sendero. Parece imposible que vengamos desde allí, dicen los que tienen buena vista o binoculares para alcanzar a ver Jordán. Parece imposible pero lo hemos logrado, hemos llegado a Rancho Alegre, conquistando el ascenso del Cañón del Chicamocha. En el lugar nos dan la bienvenida con una cerveza bien fría que refresca el alma y la garganta. Un rico almuerzo ayuda a terminar de recuperar las energías. De Rancho Alegre el camino continúa hasta el municipio de Villanueva, donde nos hospedamos en el hotel de don Rito, un hombre que sin lugar a dudas se hace merecedor de calificativos como amable y hospitalario.  

El tercer y último día, con el inconveniente del dolor de piernas atenuado de sobra por la felicidad de lo vivido hasta el momento, partimos de Villanueva hacia el destino y meta de la excursión: el municipio de Barichara. Son nueve kilómetros de caminata ligera, con pocos ascensos o descensos fuertes, perfecta para rematar tranquilamente la excursión. Este recorrido no tiene nada que ver con el de los dos días anteriores. La vegetación es abundante, el ambiente húmedo. Hace calor, pero es un calor agradable, soportable. Pasamos por antiguos caminos empedrados cercados por la vegetación del bosque húmedo.

Dicen que Barichara es el pueblo más lindo de Colombia. Desde lejos, cuando todavía faltan dos kilómetros para llegar y ya se pude divisar el municipio, esta afirmación empieza a cobrar sentido. Sus construcciones uniformes y su entorno natural la respaldan. Llegamos a Barichara. De calles elegantes, cascas blancas, clima amigable y tal ambiente de tranquilidad, que una vez allí, pocas personas quisieran dejarlo. Finalizamos la excursión con un delicioso almuerzo en Barichara, algunas reconfortantes cervezas, nuevos amigos, una sonrisa en el rostro, y una gran experiencia instalada en el alma.

8 comentarios en «En lo profundo del Cañón del Chicamocha»

  1. Tatiana Montoya

    Es increíble como sólo leyendo estos relatos me transporto a estos lugares, siento el fuerte calor y el cansancio en mis piernas al subir por las montañas, el cañón del Chicamocha es muy imponente y retador, me encantaría acompañarlos en una próxima expedición.

  2. Jennifer Parra

    Una experiencia única, donde la diferencia de edad, sexo y creencias desaparecen; los desconocidos se convierten en amigos.

    El hermoso paisaje hace que el sufrimiento de la agotadora subida quede atrás y reafirmes el motivo que te lleva a realizar este tipo de actividades; combatiendo, con cada paso que das, a tus propios demonios que te impiden seguir adelante y al llegar a la cima te sientes vencedora y fuerte; sentimiento que compartes con todos tus nuevos amigos.

    Gracias Caminatas al Aire Libre; gracias Andres por darnos  la oportunidad de conocer estos bellos lugares que siempre quedarán en mi memoria.

  3. Alicia Jacobsen

    Andrés, qué lindo escribes, recordar es vivir, que nostalgia y alegría haber hecho parte de tan linda experiencia , te felicito , bien descrito y muy lindo escrito , un abrazo lleno de energía positiva y felicidad .

  4. Anónimo

    Gracias Andrés, sentí cada palabra de tu descripción, de lo que fue el recorrido por ese fantástico lugar ya que fue un reto para mi hacer esa travesía pues temía de mi capacidad de hacer una caminata en clima cálido y valla que fue muy cálido, pero muy gratificante por la belleza de sus paisajes los cuales siempre sme reconfortan grandemente

  5. Diana Victoria Morales

    Cuando Andrés me compartió la invitación a participar en esta caminata, no lo dude, ni pregunté por su dificultad, y lo logré. Ahora que leo este hermoso relato, revivo cada momento vivido, la bajada con el calor inclemente, la subida tan larga y el remate del último día. Todo fue maravilloso y muy bien organizado. Gracias a Andrés y caminatas al Aire Libre, por darme tantas alegrías, nuevos amigos y nueva energía para mi vida. Y hasta que el cuerpo aguante, espero participar en muchas más.

  6. Oscar Chamucero

    Sin duda alguna, una excelente texto Andrés, una descripción muy detallada en todo sentido, transportando al lector a estar ansioso por la fecha de la próxima excursion iii

  7. Anónimo

    Gracias Andrés, sentí cada palabra de tu descripción, de lo que fue el recorrido por ese fantástico lugar ya que fue un reto para mi hacer esa travesía pues temía de mi capacidad de hacer una caminata en clima cálido y valla que fue muy cálido, pero muy gratificante por la belleza de sus paisajes los cuales siempre me reconfortan grandemente